En el restaurante Raíces de mi Pueblo, en la costa este de España, Luz Fanny Arce Campiño, de 53 años, removía un rico guiso y describía cómo su hogar europeo de adopción había eclipsado a Estados Unidos como el destino más deseado por amigos y familiares en su ciudad natal colombiana.
Campiño dijo que, tras llegar a Madrid en avión y convertirse en “otra migrante ilegal” por sobrepasar la duración de su visa, estableció su residencia en la pequeña ciudad de Paiporta donde consiguió trabajo en el restaurante de su hermano y fue salvada por “ángeles de la guarda” que la rescataron durante las desastrosas inundaciones del año pasado. Ahora el gobierno le otorgó un estatus legal y una vía hacia la ciudadanía española. “Estoy contenta”, dijo.
A diferencia de Estados Unidos y de algunos vecinos europeos, definidos por sus duras posturas en políticas de inmigración, el gobierno de izquierda español proyectó una imagen de sí mismo como el nuevo crisol de Occidente. Recibió a los migrantes, especialmente a los latinoamericanos que hablan la lengua de España, comparten su religión y comprenden su cultura. Incluso los activistas que afirman que esa cálida acogida no se extiende a muchos africanos reconocen que España es un caso atípico en un continente que cierra sus puertas.
El gobierno afirma que estuvo motivado en parte por valores progresistas y por el recuerdo de la emigración española a Latinoamérica, especialmente durante la dictadura de Francisco Franco. Pero el gobierno afirma que su aceptación de los migrantes también refleja la realidad de unas tasas de natalidad cada vez más bajas y la escasez de trabajadores autóctonos para mantener las enormes prestaciones sociales.
Los más de 3 millones de trabajadores españoles nacidos en el extranjero -más de un millón de los cuales han llegado desde que el presidente Pedro Sánchez asumió el poder en 2018- contribuyeron a que el país sea, según algunas mediciones, la gran economía de más rápido crecimiento de la eurozona.
“O abres y creces. O cierras y te hundes”, dijo Sánchez en una entrevista reciente con The New York Times.
Los activistas de la migración sostienen que todavía hay mucha distancia entre la retórica altisonante de Sánchez y la realidad sobre el terreno.
Muchos latinoamericanos se quejan de una mirada colonial persistente y esnob. Y aunque el gobierno reconoce que tiene una rara habilidad, envidiada por algunos líderes de la derecha dura europea, para atraer a una población que puede asimilarse más fácilmente, los activistas afirman que el gobierno demora una petición en el Parlamento para declarar una amnistía y conceder el estatus legal a unos 500.000 migrantes indocumentados, en su mayoría latinoamericanos.
Los críticos también acusan al gobierno de un evidente doble moral. Muchos latinoamericanos llegan en avión con visas de turista, se quedan más tiempo del permitido y esperan encontrar un camino hacia la legalización. A menudo lo consiguen. Muchos africanos, por el contrario, llegan en barco y sin papeles, y se encuentran con controles fronterizos, puertas cerradas o un purgatorio de burocracia.
Sánchez rechaza la crítica, afirmando en la entrevista con el Times que el gobierno no está incentivando a un grupo frente a otro.
Su gobierno señaló que un gran porcentaje de los migrantes legales del país proceden de Marruecos y dice que es el partido Vox, antimigrante, antimusulmán y en auge, el que prefiere a los latinoamericanos en comparación con los africanos.
Elma Saiz, ministra española de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, añadió en una entrevista reciente que todo el ruido antinmigración de la derecha equivalía a una distracción desesperada de lo que era una clara historia de éxito.
“España es un faro”, dijo.
Cecilia Estrada Villaseñor, investigadora sobre inmigración en España, quien es oriunda de México, está de acuerdo. “Para los latinoamericanos, España no existía. Era Europa, al otro lado del océano”. Pero a medida que Estados Unidos se vuelve menos atractivo, con las medidas represivas del gobierno de Donald Trump, “la gente empieza a ver a España como el país».





